Sic Placitum > Cuadernos de Otoño
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XIII

 

Donde los caracoles se deshacen y emergen flores negras de espanto,
donde los dictadores van dejando a su paso un rastro herido de brisa de puñales,
donde el agua estancada de los sueños deshechos se hace sólida en dientes y huesos y relojes,
donde el esclavo llora y cae desnudo y no vuelve jamás a levantarse,
en todos esos sitios que son el mismo siempre,
en ese lugar que apesta a miedo,
en esa región tan oscura donde ni la esperanza se atreve a entrar,
en ese
minuto de silencio por los vivos que han dejado de serlo,
alguien lanza unos dados que siempre suman trece,
alguien niega el futuro, alguien se esconde,
alguien cuenta el dinero de bolsillos ajenos,
alguien escribe cartas de amor desesperado,
alguien llama a la puerta del suicida inminente
y un gato gris tropieza con la escoba cruzada
de una bruja sin magia ni Inquisición ni hoguera
y una niña descalza pisa un cristal y llora
arrancando a su madre de un sopor de ginebra
y el suelo es un jardín de vidrios rotos.


En los barrios humildes, las paredes
tatuadas de graffitti se desploman,
y el poli es un verdugo y el ladrón es tan sólo
un lúgubre fantasma con zapatos
que se pierde entre el plomo y el azufre de una zona industrial
de la que nadie escapa sin al menos un pulmón arrugado.


Los hombres de negocios y los narcos
y algún que otro ministro y una esposa complaciente y sumisa
capaz de envenenar a su marido sin levantar la voz,
fuman tranquilamente sus cigarros y piensan en la Habana
o le dan de comer al cocodrilo que vigila su puerta
o duermen en alfombras de pelos de nariz y planean
otro golpe de estado -”Este va en serio...”-,
y el párroco se limpia a la sotana, recoge esas revistas
de indignas pecadoras desplegables y reza
pidiendo matrimonios y bautizos, comuniones y entierros
para ganarse el pan de cada día
y el júbilo del viernes.


Cada cual es feliz a su manera, cree en sus cosas,
o no cree y no es feliz pero lo intenta
o sucede que nunca lo ha intentado
o hace ya tiempo que ha dejado de hacerlo:
y todo es tan complejo y tan extraño...


Si pudiéramos cerrar de un sólo golpe la caja de Pandora,
devolverla a su sitio, cancelarla,
ponerle un peso encima como el lastre del mundo,
el peso de las cosas que han fallado, la carga
de lo desagradable, de lo injusto, de aquello que ha marcado
los últimos ciento setenta y cinco mil años
de la existencia humana;
si fuera tan sencillo como eso
alguien tendría una llave de hojalata escondida
para intentar abrirla en primavera...

 

 

En ese lugar que apesta a miedo...