|
Bloomsday
100
por
Pau Waelder
Introibo ad altare Joyce!
A las cinco y media de la mañana ya
era de día y el calor era asfixiante en aquella habitación
que ocupabámos diez bultos malolientes con nuestras pertenencias.
No podía dormir. Decidí levantarme y haciendo el
menor ruido posible, me dirigí a las duchas. He perdido
la costumbre de dormir en habitaciones compartidas. No es que
suela ocupar la suite del Hilton, pero en general consigo una
habitación individual o doble allá a donde voy.
De manera que saqué mis cosas de la habitación y
me fui cuanto antes. Las duchas de los hostales juveniles resumen
mi visión de la vida: un recinto con una alcachofa situada
sobre la cabeza, un botón en la pared y un plato de ducha.
Uno se coloca bajo la alcachofa, apreta el botón, y le
cae agua encima. No se puede predecir ni controlar la cantidad
ni la temperatura del agua, sólo esperar que esté
bien regulada, y adaptarse a lo que hay.
A las seis y media era ya de día pero
la calle estaba desierta, lo que le daba un aire extraño,
como la secuencia inicial de "Abre los ojos". Una ciudad
sin gente, sin ruido, es algo inquietante, vacío y sin
vida como la mirada de un maniquí. Me acerqué a
la estación de Connolly, a un centenar de metros del hostal,
y cogí el DART, un tren de cercanías, que me llevó
a Sandycove, 7 kilómetros al sur de Dublín.
La costa de Dublín está salpicada por
las torres Martello, una serie de torres de defensa construidas
para afrontar un posible ataque de las tropas napoleónicas
(que nunca llegaron). En 1904, una de estas torres, situada en
un promontorio junto al mar en Sandycove, fue ocupada por Oliver
St. John Gogarty, quien invitó a Joyce a instalarse con
él. La convivencia duró poco: según se cuenta,
acabó abruptamente cuando Gogarty disparó con su
revolver por encima de la cabeza de Joyce, quien volvió
caminando en plena noche a Dublín.
La famosa torre Martello es el escenario en
el que empieza la novela, y se ha convertido desde entonces en
la "torre de James Joyce". En 1962 pasó a ser
el James Joyce Museum. Con sólo tres pisos, la planta baja
acoge una modesta exposición de efectos personales del
escritor, ediciones de Ulises y otras curiosidades, de
las cuales la más morbosa es la máscara funeraria
de Joyce. Una estrechísima escalera de caracol lleva al
primer piso, donde se conserva la habitación donde durmieran
Joyce y Gogarty. El segundo piso es ya la azotea, una terraza
circular que conserva los railes sobre los que se desplazara un
cañon giratorio. De lo alto de un mástil hondea
la bandera que Sylvia Beach, primera editora de Ulises, izó
en la inauguración del museo.
Eran las ocho menos diez cuando me apeé
en la estación de Sandycove/Glasthule y salí en
busca de la torre Martello. En claro contraste con los grises
edificios de Amiens St., me encontraba ahora en un bucólico
ambiente de casas bajas, parques y el suave olor del mar. En Sandycove,
los comercios despertaban a medida que los primeros turistas invadíamos
las calles buscando con ansiedad cualquier referencia a James
Joyce. Una de las calles estaba ocupada por una carpa bajo la
cual los vecinos, vestidos de época, se reunían
para el típico desayuno de Bloomsday. También aparecían
bajando la calle principal los coches antiguos, y tuve la impresión
de que no sólo se celebraba la novela, sino toda una época
en general.
La torre Martello se alza entre un grupo de
casas a escasos metros de la costa. La más llamativa es
la que se encuentra adyacente a la propia torre, una casa de estilo
racionalista que pertenece al arquitecto Michael Scott, principal
impulsor del museo. Un poco más abajo se encuentra The
Forty Foot, un "lugar de baño para caballeros",
según reza el rótulo. En este lugar antaño
se concentraba el 40 regimiento de infantería, y el baño
estaba reservado a los hombres, quienes además debían
bañarse desnudos. Durante años estuvo prohibido
el acceso a las mujeres, pero actualmente es un lugar en el que
se bañan famílias enteras. Aún queda, empero,
un rincón reservado para los que quieran nadar desnudos.
Esa mañana, el frío era intenso,
pese a que el cielo estaba totalmente despejado y el sol brillaba
con fuerza. Un viento helado subía desde el mar, pero a
pesar de eso pude ver a un nutrido grupo de personas bañándose
entre las rocas. Llegué a la entrada del museo con las
primeras treinta personas que lo visitaban ese día. En
el muro de la torre, alguien había escrito con tiza: "Bloom
is a cod" ("Bloom es un merluzo"). Aunque
tenía todo el aspecto de un graffitti espontáneo
que criticara este evento, se trataba en realidad de una cita
escogida del capítulo 15, Circe. Volví
a encontrarme con esta pintada en otros puntos de la ciudad, que
es por lo visto una aportación del artista dublinés
Tony Kenny a la celebración del Bloomsday.
En la recepción firmé en el libro
de visitas con mi nombre y la frase "introibo ad altare Joyce",
en referencia a la que pronuncia Buck Mulligan al inicio de la
novela. Por desgracia, no sé latín, así que
no decliné "Joyce" ("joyceam"?). Pasé
rápidamente por los dos primeros pisos para subir a a la
azotea: allí se había congregado ya un buen número
de personas, que asistían a la lectura de los primeros
capítulos de la novela. Más adelante, esta lectura
fue interrumpida por la notable intervención de un actor
que leyó un pasaje de Cíclope, el duodécimo
capítulo del libro. Si a esta misma hora en la novela Buck
Mulligan interpreta una misa burlona mientras se afeita, en esta
ocasión se producía también un ambiente de
oficio religioso: la mayoría de los asistentes (los "fieles")
sacaron su edición de Ulises, unas más
nuevas, otras orgullosamente gastadas, muchas con pasajes subrayados
y notas personales. Mientras el actor leía con voz poderosa
las increpaciones del Ciudadano, los fieles lectores seguían
sus palabras en la letra impresa, y ocasionalmetne alguien tosía
si alguna de las palabras pronunciadas no se correspondía
con la edición que tenía en sus manos.
Antes de salir del museo, me detuve en la librería.
Como buen peregrino, quería mi reliquia, y ésta
es por supuesto una copia de Ulises en tapa dura (auténtico
lujo para un comprador de ediciones de bolsillo com yo), santificada
con el sello del museo, que indica además el día
en que se compró. La emoción me llevaba a considerar
adquirir otros souvenirs, tales como tazas, camisetas, posters,
pero me limité al libro. Qué necesidad tenemos de
exteriorizar nuestras aficiones, pensé, con camisetas impresas
y tazas en las que nunca tomamos café.
Más tarde, hacia las nueve y media,
cruzaba Sandycove de vuelta a la estación del DART que
me llevaría a Dublín. Aún no había desayunado.
<anterior
| pág. 2 de 9 | sigue >
[subir]
|