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Bloomsday 100
por Pau Waelder

El señor Leopold Bloom comía con deleite los órganos interiores de bestias y aves...

Todo fan de Joyce que se precie celebra este día con el mismo desayuno que toma el protagonista en la novela. Esto es algo que el autor no dejó fácil a sus seguidores, puesto que Leopold Bloom desayuna riñones de cordero con té. Si bien el desayuno irlandés no es precisamente ligero, ya que se compone en general de lonchas de bacon frito, huevos, tomates y champiñones con tostadas con mantequilla, los riñones siguen siendo algo que pocos estarán dispuestos a comer a primera hora de la mañana.

Pensaba en esto mientras el DART me llevaba de vuelta a Dublín, cuando pude divisar entre estación y estación el sereno paisaje de la playa de Sandymount. Es una extensión inmensa de arena que aparece y desaparece en función de la marea, una superficie lisa, interminable, que se funde con el mar. Un espacio casi irreal en el que la vista se pierde buscando el infinito. En este escenario tiene lugar el tercer capítulo de Ulises, en el que Stephen Dedalus se deja llevar por meditaciones filosóficas sobre el mundo, el contínuo cambio y la "modalidad de la visión" mientras camina por la playa. A lo lejos, pude ver un barco silencioso que surcaba el horizonte.

De vuelta en Amiens St., me dirigí hacia Gardiner St., la larga calle de los hostales baratos que me llevaría hasta el James Joyce Centre, centro neurálgico de este Bloomsday donde tenía lugar el desayuno típico patrocinado por Guiness. Bueno, patrocinado es un decir, puesto que el famoso desayuno costaba 12 euros y para cuando llegué no quedaban tickets.

El James Joyce Centre se encuentra en una casa del siglo 18 recuperada de la ruina por David Norris, conocido experto en la obra de Joyce, restaurada y reconvertida en museo en 1996. Dicha casa se halla en el número 35 de North Great George's Street, un callejón que une Parnell y Denmark St. en una zona más bien obrera de Dublín. Con ocasión de este día, se había cerrado el callejón al tráfico y al siglo XXI, en una festiva ocupación eduardiana en la que actores y entusiastas disfrazados al estilo de 1904 se codeaban con los turistas, pseudo intelectuales pero turistas en definitiva, que nos afanabamos fotografiar cuanto nos rodeaba. Esto sucedía en la calle, donde nos agolpábamos la chusma con perdón, mientras en el inaccesible interior del James Joyce Centre, la élite, con David Norris y la presidenta Mary McAleese, escuchaba cómodamente las lecturas de Ulises de Gay Byrne y Kathleen Watkins.

El Guinness Bloomsday Breakfast consistió (al menos en la calle) en un montón de gente haciendo cola frente a un carrito en el que se les suministraba un bocadillo con una salchicha o algo similar, varias salsas y un café o pinta de Guiness. No hubo riñones de cordero. Tampoco los hubo en el inmenso Bloomsday Breakfast que patrocinó (esta vez sí) la marca Denny el sábado anterior, y es que el desayuno del señor Bloom corre la misma suerte que el libro del señor Joyce, todo el mundo quiere poder decir que lo ha degustado pero casi nadie está dispuesto a digerirlo. El escritor Roddy Doyle criticaba a este respecto la comercialización que se está haciendo de la figura y la obra de Joyce, y ciertamente empezaba a verla en aquella populosa callejuela del norte de Dublín.

Pero no quiero parecer negativo: muchas cosas fueron dignas de elogio en aquella fiesta de freakies ilustrados. Sobre todo la intervención de los actores. Si bien lo primero que encontré al subir desde Parnell St. fue el carrito de los bocadillos y a los turistas sentados en la acera comiendo su joyceano desayuno, más arriba me esperaba algo mejor. Entre la muchedumbre se desplazaban y se hacían un hueco (en el mejor estilo de las Ramblas de Barcelona) los actores y actrices que interpretaban pasajes de la novela. Allí, subido en un autobús de dos pisos, un grupo coral interpretaba tonadillas de la época; en aquel otro lado, cuatro actores interpretaban la escena en que Bloom se masturba viendo a Gerty MacDowell; un poco más allá, se paseaba una Molly Bloom con su cama y todo; aquí al lado, unas chicas-anuncio se juntaban para formar la marca HELY'S. Todo un baile de disfraces en el que tomaban cuerpo las palabras del libro. No faltaba tampoco un imitador del propio Joyce, quien (cual Mickey Mouse en Disneylandia) era el más solicitado para posar ante las cámaras.

Si bien no degusté el Bloomsday Happy Meal de Guinness, puede saciar mi curiosidad probando un poco de carne enlatada Plumtree, uno de los temas recurrentes de la novela, que aunque era una especie de mortadela me supo a gloria.

Pronto deseé alejarme de aquella algarabía. Le tengo un odio irrefrenable y un tanto irracional a las visitas guiadas, así que no deseaba ir donde todo el mundo va, por más que en un día como éste eso era inevitable. Seguí caminando por el callejón hacia arriba, dejando atrás a la muchedumbre eduardiana y acercándome a Denmark St. Mi peregrinación tenía que pasar inevitablemente por un portal situado un par de calles más arriba, en el número 7 de Eccles Street: la casa de Marion y Leopold Bloom.

 

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Programa de mano y mapa del festival Rejoyce Dublín 2004, organizado con motivo del Bloomsday nš100 .


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Un grupo de actores interpreta pasajes de Ulises en la calle, frente al James Joyce Center.

 

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Vendedor ambulante de carne en conserva "Plumtree", cuyo slogan publicitario es un motivo recurrente a lo largo de la novela.


 

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