|
Bloomsday
100
por
Pau Waelder
En el corazón de las metrópoli
hiberniana
Siguiendo a los ciclistas fui a parar a O'Connell
St., una de las principales vías de Dublín, arteria por
la que fluye constante el tráfico que entra y sale de la
ciudad. Esta avenida, antes llamada Sackville St., fue tradicionalmente
el centro neurálgico de la ciudad. Aquí se concentraba
la actividad comercial, y el tráfico fluía alrededor
de la imponente columna de Nelson. Así era en 1904. Escenario
de batallas durante el alzamiento de 1916 y la guerra civil de
1922 - 1923, fue reconstruida posteriormente y durante unos años
conocida por sus cines. En los años 60, tras la destrucción
de la columna de Nelson y el cierre de muchos establecimientos,
empezó a deteriorarse hasta convertirse en un punto negro
de la ciudad. Actualmente, la avenida es objeto de un plan de
reordenación urbanística, en la que destaca la imponente
figura de la Dublín Spire, una aguja de acero de 120
metros de alto que sustituye a la columna del almirante británico.
Más o menos a esta hora, en sentido
contrario a mis pasos, sube por la avenida el carruaje en el que
Bloom, Simon Dedalus y otros conocidos se dirigen en cortejo fúnebre
al entierro de su compañero Patrick Dignam en el cementerio
de Glasnevin, al norte de la ciudad. Trataba de imaginar la escena
evocando una vieja postal que había visto en un libro,
en la que coches y autobuses de dos pisos tirados por caballos
circulaban por las anchas calles de la avenida a la altura del
puente que cruza el río Liffey. El tráfico me devolvió
a la realidad, y la hipnotizante silueta de la Spire pinchando
el cielo sin nubes me recordó que estaba paseando por una
urbe del siglo XXI. Las ciudades siempre se debaten entre el deseo
de preservar su historia y la necesidad de seguir desarrollándose,
como un organismo vivo. Pienso en Florencia, como muchas otras
ciudades monumentales, con su casco antiguo convertido en museo
para los turistas. Pienso también en Berlin, que ha ido
borrando su historia, ya sea por las bombas que la arrasaron o
por la total desmantelación de un muro que la avergonzaba.
Pienso finalmente en Dublín, que no tiene monumentos de renombre
mundial, pero sí el velo invisible de la reconstrucción
literaria que Joyce proyectó sobre ella. Algo tan sólido
como la cúpula de Santa María dei Fiori y tan difícil
de seguir como el trazado del muro de Berlín.
Frente a la aguja se alza la fachada de la
oficina de correos, con su pòrtico neoclásico de
estilo jónico, un solemne edificio que fue el lugar en
el que se proclamó la independencia de Irlanda durante
el alzamiento de 1916. Entré al vestíbulo, donde
una serie de cuadros y una estatua del héroe mítico
Cúchulainn nos recordaban aquel momento histórico
a los turistas que nos acercábamos a comprar sellos para
nuestras postales. Pensaba enviar postales de todos modos, pero
dado que ésta es una actividad que también lleva
a cabo Bloom en la novela, lo incluí en mi agenda de actividades
joyceanas. Para completar la excusa, me dieron un sello con la
foto de James Joyce.
Seguí caminando por O'Connell Street
hacía el río, y me detuve para hacer una de las
cosas que más detesto cuando visito una ciudad: sacar el
mapa. Por el motivo que sea (llámenlo "complejo de
Zelig"), me gusta mezclarme con la gente allá adonde
voy y parecer uno más. Hasta ahora lo he conseguido porque
no he viajado a Asia ni a África, y en los países
en los que he estado siempre he podido pronunciar al menos un
par de palabras en el idioma local. He conseguido que me tomen
por griego en Atenas y por ruso en Moscú. Y por ello detesto
sacar el mapa y demostrar que estoy perdido. Pero en este caso
no estaba perdido en el sentido geográfico, puesto que
sabía dónde me encontraba y hacia donde me dirigía.
Es decir, no estaba perdido en el Dublín real, pero sí
en el Dublín de James Joyce. Saqué el mapa del Dublín
de Ulises y busqué el siguiente lugar que es citado
en la novela. El plano indicaba las oficinas del Freeman's
Journal, a las que acude Bloom para contratar un anuncio
en el capítulo 7, Éolo. Entré en
Prince's Street, un callejón sin salida en el que se agolpaban
los muros de ladrillo de varios edificios. Junto a mí eran
ya numerosos los turistas que circulaban con la mirada perdida
buscando el Dublín del que habían leído, con el
mapa de Ulises en las manos. Alguien preguntó
a un pasivo guardia a la entrada de un almacén por las
oficinas de un periódico que ya no estaba allí.
Ajeno a nuestro entusiasmo, se encogió de hombros y se
volvió hacia un compañero murmurando con desdén
algo sobre los turistas y sobre James Joyce. La visita a las oficinas
del Freeman's Journal se había quedado en un desvío
por un vulgar callejón. Decepcionados, volvimos a O'Connell
a seguir buscando fantasmas.
<anterior
| pág. 5 de 9 | sigue >
[subir]
|