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Entrevista a Jordi Amat, autor de "Luis Cernuda. Fuerza de soledad"
por Jordi Cienfuegos

Jordi Amat. ¿No hay empresa dispuesta a contratar a un lector profesional? Si la hay, Jordi Amat (Barcelona, 1978) se postula para trabajar en ella. Mientras tanto, viendo su escaso futuro en este campo, se dedica a la vida del becario. Desde hace unos años investiga en la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona y colabora en revistas muy serias que de tan serias no lee prácticamente nadie (descontando a su novia, familia y los amigos más fieles).

Hace unos días, tras dos años y medio de investigación, la editorial Espasa publicó su primer libro: Luis Cernuda. Fuerza de soledad. Es la primera biografía rigurosa sobre el poeta y lectores competentes dicen que ha resuelto bien la papeleta. Le ha costado lo suyo, dice, y agradece a los siempre despiertos chicos de Sic Placitum su interés por la biografía. Nosotros le agradecemos a él sus respuestas y así estamos todos en paz.


-Aparece una biografía de Luis Cernuda en su centenario. ¿Es una casualidad?

Ahora parece casi una broma sólo apta para ingenuos, pero cuando decidí ponerme a investigar la vida de Cernuda no caí que en el 2002 se celebraba el centenario de su nacimiento. Es la verdad. Fue la editorial que viendo el hipotético gancho comercial de la cosa, prácticamente rifle en mano (es broma, mejor: es medio broma), me pidió que me pusiera las pilas y que terminará lo antes posible. Tour de force, manos a la obra y vacaciones estivales –las mías y las de mi editora- sacrificadas. Desde mi punto de vista, el esfuerzo ha valido la pena.


-¿Cómo surgió la idea?

Soy becario de un centro de investigación de la Universidad (dicho así suena demasiado pomposo y casi serio, pero lo nuestro es sobre todo voluntarioso) y nos dedicamos a diseccionar –ojo, que vamos descaradamente de científicos- literatura autobiográfica (cartas, diarios, memorias, biografías...). Anna Caballé –la responsable de la Unidad- se tiró a la piscina proponiéndome la escritura de una biografía. Le propuse Cernuda y aceptó.
¿Por qué Cernuda? Porque su vida no estaba suficientemente bien contada, porque era un personaje atractivo por muchos motivos, pero sobre todo porque tanto La realidad y el deseo como Ocnos son libros de referencia para mí en tanto lector. Su lectura me ha enriquecido y me ha descubierto resortes sentimentales nunca transitados en mi experiencia cotidiana.


-¿No da miedo enfrentarse a un proyecto así?

No es sólo miedo, es pánico y convivencia diaria con el demonio rojo y maligno que dice: "Per molt que t’ho proposis, no ho aconseguiràs" (mi demonio habla en catalán, así se cree más persuasivo). El reto ha sido un acicate personal y escribir el punto y final del manuscrito, estando medianamente satisfecho del resultado, fue casi mística. Fui demasiado atrevido y demasiado osado aceptando el reto, es cierto, pero a la postre el ángel bueno y alado me ha acogido en sus dominios de sensatez.


-Imagino que indagar en la vida del poeta te ha llevado a moverte por muchos de sus escenarios. ¿Alguna sorpresa?

La parte más divertida, sin duda, ha sido la de los escenarios. Lluïsa –mi novia- me ha acompañado; el trabajo de campo fue conjunto y los aciertos y las frustraciones compartidos. ¿Sorpresas? Nada espectacular: casas que ya no existían, calles que han cambiado de nombre... Recuerdo especialmente el descubrimiento de una placa en Londres. Cernuda habla de ella en su memorable poema "Birds in the night" (de Desolación de la quimera); nos pasamos una mañana por el barrio de Candem buscándola y, al final, cuando estábamos a punto de arrojar la toalla, la encontramos. En una calle sin tráfico, en una calle vacía, ancha y suburbial, dimos con la casa: allí Rimbaud y Verlaine se pelearon, escribieron, hicieron el amor... Aún recuerdo los saltos de alegría. Gajes del oficio del biógrafo, ¿no?


-Madrid, Glasgow, Londres, Nueva York, México... ¿Cernuda era un nómada o un hombre que huía?

Interesante pregunta para la que no hay respuesta tajante. Nómada por circunstancia, desterrado por imposición. Siendo adolescente, en la Sevilla decrépita y pacata de por entonces, leyó de escondidas (su padre se lo tenía prohibido) unos libros de viajes. Ya entonces comprendió que la huida era una forma de vida, su forma de vida, ante un presente que nunca dejó de ser angustioso. Cernuda es un desterrado en la casa donde nace y, en buena parte, lo será en la que muera.


-¿Llegó a sentirse bien en algún sitio?

Aquí está la clave. Lo que la gente normal y gris como yo considera "sentirse bien" era un estado desconocido para Cernuda, un sentimiento inalcanzable. En determinados momentos, en determinadas situaciones se sintió bien, pero nunca logró estabilizar su arquitectura sentimental. Es feliz en Málaga durante el verano de 1933, es feliz en Acapulco a principios de los años cincuenta. Se sintió bien con sus amigos (Lorca, Altolaguirre, Concha de Albornoz, Carlos-Peregrín Otero), pero el desarraigo fue una constante de su temperamento.


-¿Ha cambiado tu percepción de la obra de Cernuda tras este trabajo?

Toda relectura implica cambio. De lo contrario o el texto es un cadáver o lo eres tú. Mientras trabajaba en el libro, sabiendo lo problemático del método, buscaba en los poemas no al poeta, sino a la persona que los había escrito. ¿Una quimera? Sin duda, hacía una lectura cualitativamente inferior a las que podía realizar. Leía buscando algo y lo correcto es permitirle al texto que te descubra a ti. O sea, leyendo a Cernuda –cuando lo releo ahora- me leo a mí.


-Cernuda acusaba a la poesía de su tiempo de "garrulería y ampulosidad". ¿Crees que esos vicios siguen presentes en la poesía actual?

Esta es una pregunta venenosa, peor que una seta alucinógena. La garrulería, como característica estética, es siempre un fracaso. Perdón, es un fracaso cuando se es garrulo sin querer. Torrente es una película abiertamente garrula, que consigue lo que quiere usando los recursos de la garrulería (¡ojo al palabro!) y así articula una sátira interesante. La ampulosidad puede valer si no es pura palabrería per se, si no es un sonajero que no dice nada. El último libro de Guillermo Carnero, por ejemplo, es un libro ampuloso, pero logra el acorde, la simbiosis entre lo qué dice y cómo lo dice.
Cernuda denunció con astucia la ampulosidad gratuita e introdujo una línea poética que valoraba la palabra por el sentido. ¿Se ha recaído en el vicio? Seguramente, muchos siguen pensando que la poesía debe ser una noche de fuegos artificiales, las fallas de Valencia o la Patum de Berga. Tienen un problema de sincronía, de ajuste con el tiempo: deben pensar que Góngora es su contemporáneo y que el arte de hacer versos es comparable a la floristería. El problema, pienso, es que no leen poesía.


-Si Cernuda levantara la cabeza...

Primero, no lo olvidemos, cobraría muchísimos derechos de autor atrasados. Esto, tal vez, le tranquilizara... ¿La repercusión póstuma? Congresos, exposiciones, centenarios, biografías como la mía y demás martingalas... No se lo creería, porque tenía (entre otros) el típico complejo de que a mí no me hacen caso. ¿Enfado por la posible hipocresía?, ¿por haber cobrado tarde lo que en vida se le negó? Tal vez, pero era muy consciente del valor de su obra. Era un maniático, un solitario, algo neurótico, pero también era muy inteligente.
En el caso concreto de este mamotreto que he escrito: no le gustaría nada. No porque cuente cosas falsas ni escenas escabrosas... Su vida fue triste, muy triste, y en público a nadie le gusta enseñar las heridas de su vida. Solo a los exhibicionistas y él no lo era.


-Entre La Realidad y el Deseo... ¿con qué te quedarías?

¡Horror! ¿Cómo responder a la pregunta?, ¿cómo escoger entre tanto tesoro? Trataré de ser sintético y plantear La realidad y el deseo como un manual de autoayuda (¿es otra cosa la poesía?). Para el desasosiego, Un río un amor; para la tristeza y la amargura, Los placeres prohibidos; para clausurar la adolescencia, Perfil del aire; para mascar la pérdida el amor, Donde habite el olvido... Pero para saber los costes de la madurez –lo dice muy bien Gil de Biedma, aquello de que "la vida iba en serio"- nada mejor que los libros que escribe tras la Guerra Civil: Con las horas contadas, Vivir sin estar viviendo, Desolación de la quimera...
Aunque si debo ser fiel a los orígenes, todo empezó con aquel poema: "Si el hombre pudiera decir".
Ocnos es el otro gran libro de Luis Cernuda: una auténtica radiografía de su vida y el ejemplo más palmario de que la soledad era su forma de vida innata. Son breves fragmentos en prosa, de una intensidad en la prosa realmente excepcional.


Si quieres ponerte en contacto con Jordi Amat, escríbele a jordiamat22@hotmail.com

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