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Neruda
y Juan Ramón
Ambos tenían razón
por Marcos Winocur
"El mejor de los malos poetas", dijo una vez Juan Ramón
Jiménez de Pablo Neruda, cuyos versos no soportaba, así
fueran de trasfondo romántico, metafísico o militante.
Por cierto, el chileno -quien viviera en España durante
los años de la República, sumándose a los
poetas de la generación del 27- no permaneció mudo
al ser objeto de ironía y polémica, pero sus intervenciones
fueron medidas y prudentes tratándose de Juan Ramón.
Incluso si éste llegaba a ofrecer buen blanco, como ocurriera
con la dedicatoria de una antología -"antolojía",
según sus propias reglas ortográficas-. Y bien,
este libro, selección de su obra poética, estaba
dedicado "A la inmensa minoría". Sonaba bonito
y original pero dejaba a Juan Ramón hecho un elitista confeso.
No faltaron críticas y la dedicatoria ya no aparece en
una nueva edición que años después Losada
publicara en Buenos Aires.
Así, Juan Ramón. Otro caso resultó Neruda
versus el poeta cubano Nicolás Guillén. La controversia
no versó ya sobre el sentido y contenidos de la poesía,
sino que fue de orden militante. Ambos, el cubano y el chileno,
eran comunistas y prosoviéticos, lo cual no impidió
que la polémica descendiera al plano personal. Neruda,
en las memorias que se publicaron póstumamente, habló
de
dos poetas que llevan el mismo apellido. Uno, "el bueno"
es Jorge Guillén, de la generación del 27. Otro,
"el malo", es Nicolás. Éste reaccionó
públicamente, diciendo que, en lugar de titularse "Confieso
que he vivido", las memorias debieron llevar por nombre "Confieso
que he bebido"... Por entonces, ya muerto Neruda, allí
quedó cerrado el episodio, el cual se había dado
en el marco de las ardorosas peleas al seno de la izquierda en
los años sesenta y setenta sobre cuáles eran las
vías de la revolución latinoamericana, si armadas
o pacíficas y donde, en cierto sentido, el Chile de Salvador
Allende se contraponía a la Cuba de Fidel Castro.
Un trasfondo político que, a su vez, reconocía como
disparador una colorida cuestión personal, según
me contara Georges Fournial, quien por años fue el responsable
para asuntos latinoamericanos del Partido Comunista Francés.
Neruda era celoso de su siesta; nadie -había ordenado-
podía interrumpirla. Y bien, estando en La Habana, "alguien"
vino a saludarlo... Fidel Castro. Y nadie se atrevió a
despertar al poeta. Se pueden imaginar... no valieron las excusas.
Tiempo después, Neruda marchó a Estados Unidos a
dar unas conferencias, y la Casa de las Américas le cayó
encima. Del tema se ocupa también el poeta en sus memorias,
particularmente de Roberto Fernández Retamar, a quien señala
como el director del operativo: un manifiesto antinerudiano distribuido
por el mundo entero, donde se le acusaba de poco menos de traidor.
Ese manifiesto fue firmado por Nicolás Guillén y,
al parecer, el chileno no se lo perdonó.
Neruda atraía las tempestades, fenómeno cuyo trasfondo
era su militancia política. Llegó a ser senador
por el Partido Comunista, conoció el exilio. Entre otros,
tuvo un enemigo especialmente encarnizado, su compatriota Pablo
de Rokha, poeta como él, hombre de izquierda, bien que
adhiriendo al maoísmo. Recorrió el país ofreciendo
recitales de poesía y sus libros en venta, que alcanzaban
escasa circulación comercial; y sin olvidarse, aquí
y allá, de ir dejando caer una mentada para Neruda. No
se sabe bien porqué, aunque la psicología hace esta
lectura: Pablo de Rokha llevaba la agresión contra quien
él quería ser y se lo impedía ocupando -usurpando-
el espacio merecido por Pablo de Rokha : el de un poeta famoso
y reverenciado como Neruda. Los dos no cabían y su rival
no daba muestras de cederle el paso. ¿Qué le quedaba?
Aceptar la situación o desaparecer. Y fue lo que hizo:
Pablo de Rokha se suicidó.
Final dramático, pues. No así el pleito con Juan
Ramón, de uno y otro lado los dardos se multiplicaban deportivamente.
En términos muy generales, uno defendía la "poesía
pura" y el otro el "compromiso del escritor". Neruda
fue lejos en esos propósitos, llegando a editarse en su
país dos tomitos azules de recopilación titulados
"Poesía política". El chileno con su pluma
seguía la línea partidaria sin omitir los elogios
en verso a Stalin y la condena a Tito de Yugoslavia cuando la
ruptura de éste con el jefe soviético. En sus memorias,
Neruda reconoce abiertamente: "el enemigo tenía razón",
refiriéndose a Stalin. En fin, no faltaron elementos para
una polémica siempre renovada en torno a estética
y realidad social, sin contar el factor personal, cuya presencia
se hace sentir aquí con fuerza.
Juan Ramón, generacionalmente anterior, sintió que
Neruda lo estaba robando: los jóvenes lectores de "Platero
y yo" habían pasado a ser los adultos lectores en
los años cuarenta y cincuenta del "Canto de amor a
Stalingrado", la ciudad emblemática, cuya batalla
había cambiado el curso de la II Guerra Mundial. Vivíase
otro momento histórico y aquellos lectores eran irrecuperables
para la obra posterior de Juan Ramón, para su nueva poesía
de "Animal de fondo" o de "La estación total"
o de "Dios deseado y deseante", y otros títulos
que coincidentemente publicara por los años cuarenta y
cincuenta.
Y en adelante, el español escribiría para gente
de su generación como Victoria Ocampo de la revista argentina
"Sur". O bien para jóvenes habitantes de la torre
de marfil, como el grupo de la revista cubana "Orígenes",
reunidos en torno a Lezama Lima. Las multitudes se quedaban con
Neruda, el polifacético. El romántico de sus comienzos,
de los "Veinte poemas de amor y una canción desesperada",
cuya venta superó los dos millones de copias. ¿Quién
no recuerda "Puedo escribir los versos más tristes
esta noche"? Neruda, el romántico, no quedó
ahí, vino más tarde su poesía metafísica
-"sucede que me canso de ser hombre"- abruptamente cortada
luego de su experiencia de la guerra civil española, y
de la cual da cuenta en su poema "Explico algunas cosas".
Y sigue su "Canto General", publicado en 1950 y ampliamente
difundido en los años sesenta como la épica del
hombre americano, uno de cuyos ejemplares, según constata
Neruda, llevaba en su mochila el Che Guevara cuando cayó
en Bolivia.
Juan Ramón era el perdedor, aun cuando su Platero, imagen
de la ternura, "pequeño, peludo, suave; tan blando
por fuera, que se diría todo de algodón", aun
cuando Platero, al trotecito, hacía entrada a las escuelas
primarias de habla española como texto de clase. Y el pleito
con Neruda llevó décadas. Ya éste, en 1935-1936,
durante su estancia en España como cónsul chileno,
había dirigido la revista "Caballo verde para la poesía",
donde publicara un manifiesto titulado "Sobre una poesía
sin pureza", aludiendo a Juan Ramón. Años después,
el español tuvo ocasión de expresar sus puntos de
vista en carta que dirigió al mexicano José Revueltas,
a raíz de un artículo de éste, titulado "América
Sombría", publicado en "Repertorio americano",
1942. Allí Juan Ramón se batía una vez más
contra "el mejor de los malos poetas",
a propósito del "Canto de amor a Stalingrado"
de Neruda. Y decía: "no es de amor ese canto, que
igual puede estar escrito para cualquier otra ciudad de cualquier
otra parte del mundo sólo con cambiarle algunos nombres
propios"(1)
Juan Ramón estaba en lo cierto. Y no lo estaba. Cierto,
el hecho. No así, el reproche. Falta en el "Canto
de amor a Stalingrado" la ciudad como tal. Pero no se trata
de eso. Neruda no le escribe el poema a ella, sino al símbolo,
al emblema en que ha devenido, el de la resistencia antinazi.
Y esa ciudad desde entonces universal, abstracta y heroica, se
la jugaba por todos y así, a todos representaba en nombre
de la libertad. Poco importaban calles, monumentos o casas, la
guerra mundial ocupaba todos los espacios.
Con el tiempo, el panorama se ensombreció. Millones habían
caído en la guerra, a cuyo término en la URSS y
en los partidos comunistas del orbe se reforzó la fórmula
stalinismo = socialismo, y décadas debieron pasar antes
que una airada repulsa se generalizara con los resultados conocidos:
1989 ¡adiós, Muro de Berlín! 1991 ¡adiós,
URSS! Y bien, pregunto: ¿Qué queda hoy de Stalingrado?
Ni el nombre, la ciudad ha sido rebautizada como Volgogrado. Así
pasa, más de medio siglo después todo tiende a volver
a la "normalidad". A la memoria no le place evocar las
horas difíciles; para preocupaciones, buenas las del presente.
Y sin embargo, el ayer no calla. "Tengo el encargo de SM,
el rey Jorge VI, de entregar a la ciudad de Stalingrado esta espada
de honor que ha sido forjada por artesanos ingleses, la hoja tiene
una inscripción que dice: ‘A los ciudadanos de corazón
de acero de Stalingrado, regalo del rey Jorge VI en testimonio
de homenaje del pueblo inglés.’" Corre 1943,
es la conferencia de Teherán, y lo relata Elliot Roosevelt,
hijo y a la vez secretario privado del Presidente de Estados
Unidos, allí presente; las palabras citadas son dichas
por uno de los más tenaces anticomunistas del siglo, Winston
Churchill, por entonces premier inglés.(2)
El poema de Neruda responde a ese sentimiento universal. Y es
tan auténtico como la historia de Juan Ramón y su
burrito. Puede la poesía, y la literatura en general, abordar
a ambos, el hecho de la guerra, el hecho de la paz. El canto a
Stalingrado de Neruda, el Platero de Juan Ramón, dos actos
de amor que se dan conforme el curso de la vida de cada uno, y
la lectura que cada uno hizo del ancho mundo. Por eso escribo
"sextasílabamente":
Neruda y Juan Ramón
ambos tenían razón
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Notas:
(1) Jiménez, J.R. Cartas literarias,
Bruguera, Barcelona 1977, p. 50.[volver]
(2)Roosevelt, Elliott. Así lo veía
mi padre, Sudamericana, Buenos Aires 1946, pp. 222-224, 2da. ed.
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